20 jun 2008

El arte me inspira:
Visitando una bonita pinacoteca, ante un cuadro me inspiré y en baja voz murmuré:

Si Tizianno pintaba con la mano
y Francisco de Goya y Lucientes pintaba con los dientes...
¿Joaquín Sorolla, con qué pintaba?

Ante tamaña estupidez, mi compañera y yo tuvimos que abandonar inmediatamente la sala por escándalo.

17 jun 2008

Una despedida.

¿Cómo enfrentarse a quien no tiene miedo?
¿Cómo presentarse a quien no alberga maldad?
¿Cómo hablar con quien sólo dice verdad?

Hace más de una década que te conocí. Crecimos juntos, tú tenías diez años y yo apenas había llegado a la mayoría de edad. Gracias a ti aprendí a vivir porque eras un salvaje, un salvaje que devoraba cada minuto que pasaba. Traías de cabeza a tus padres. Nada era inalcanzable ni inabarcable desde tu silla y si lo era, no importaba.
Convivir contigo era recibir una inyección de vida a cada momento, era comerse el mundo, era ser capaz de todo.

Hoy he visto a tus compañeros, a muchos de los cuales no veía desde hacía mucho tiempo. ¡Qué mayores! Pero todos han crecido con tu espíritu y se les veía en los ojos, aunque tristes por tener que despedirse de ti, rebosaban de vida y nos recordaban tu forma de vivir.

Hoy se preguntan los necios: ¿Qué vida era esa?
Una vida de integridad, de verdad, de ganas de vivir, de libertad. Porque a ti, ni te engañaban con falsos ídolos, ni te ataba nada, siquiera ese cascarón algo estopeado del que hoy te has librado. Era lo único que te enfadaba y lo que te hacía humano, de no haber sido por ello hubieras sido un superhombre. Hoy eres más libre. Hoy estás más cerca de todos nosotros.

Hoy tengo el orgullo de llamarme como tú. Esta noche estoy triste pero no importa:

Hoy Madrid se ha vuelto gris y lluvioso porque faltabas tú. Hoy, bienaventurado, verás a Dios. Por derecho propio.

9 jun 2008

Sesión infantil:

Este fin de semana Buffer, Churrete y su hermana han dormido conmigo, bueno, con nosotros, y la casa estaba con todas las camas en uso. Muchas cosas tendría para escribir hoy. Desde la tristeza infinita, al verle llorar acordándose de su mamá por la noche, a la vergüenza total al oírle regañar a una anciana que cruzaba con el semáforo en rojo.

Hoy mi cabeza sólo repite The only living boy in New York y me temo que así permanecerá durante algún tiempo.