5 ene. 2015

Una de cine.

Como siempre en las Batuecas, en el mundo del artisteo se quejan algunos famosos productores, directores y actores de cine del daño de la piratería, de la caída en picado del número de entradas vendidas, del IVA, de la falta de subvenciones y la culpa del gobierno y bla bla bla. Los de siempre con lo de siempre.

Esto sería más de lo mismo si no hubiera leído que al otro lado del Atlántico también han comenzado a decir tonterías algunos señores que yo creía más inteligentes.
Leyendo este artículo que enlazo, no le doy la razón ni a Spielberg ni a Lucas.
El primero es productor de mierdas repetitivas como Transformers ¡¡¡3!!! o Intentarérepetiréxito Jones 4, así como director de estocreoqueyalohevistoysécómotermina Super8.
El segundo se hizo muchimillonario destruyendo la magia de la Guerra de las Galaxias produciendo, dirigiendo y escribiendo la mierda interestelar de los episodios 1, 2 y 3 de la misma saga.
Depp no puede vivir haciendo siempre de Sparrow, Costner no puede pretender recuperar su fortuna repitiendo con un personaje como Jack Ryan y los musculitos de geriátrico no pueden pretender repetir éxito 3 veces ni con pastillitas azules...

Lo siento pero no puedo dar la razón ni a productores ni actores ni directores. Tampoco a críticos ni cinéfilos. No es lógico que las listas de las películas más taquilleras, las mejor valoradas y las más pirateadas casi no coincidan en ningún título.

Las grandes productoras se arruinan porque se empeñan en hacer películas que no son originales, sólo hay acción superheróica y son franquicias de personajes...
Y quien no se lo crea, que lea la lista de películas estrenadas en 2014: Transformers 4, XMen 5, Spiderman 2 bis, 300 2, El planeta de los simios 2, Capitan América 2, Robocop bis...

Hay un problema en el cine y se llaman: productores (que deben arriesgar con cine que de menos beneficios y sea algo nuevo), actores (que deben cobrar menos y trabajar más), directores (que deben hacer su trabajo en condiciones y olvidarse de los efectos especiales) y guionistas (que deben ponerse a escribir algo nuevo de vez en cuando).
Cuando todos ellos decidan volver a hacer cine, me verán comprando una película (porque me niego a quedar sordo en una sala).

Por todo ello y recordando las charlas de cine que teníamos, le dedico a Fidelio el siguiente cuento.


Había un país donde se alimentaba al pueblo con diversos alimentos según sus paladares. Uno podía encontrar restaurantes con finos platos franceses, pequeños bares de tapas suecas y grandes restaurantes con diversidad de platos de calidad. Entre ellos siempre te podías tropezar con pan duro o algún arroz pastoso, pero los platos de menos calidad estaban indicados. La crítica y el público opinaban de forma parecida y todo el mundo disfrutaba.

Llegó la comida a domicilio y se empezó a consumir más en casa. Esto redujo muchísimo el número de restaurantes, aunque la buena cocina se prefería en el restaurante porque mejoraron mucho. Ir al restaurante era sinónimo de un buen ambiente, una buena sala, calidad por todas partes... una experiencia especial.

Lógicamente subieron los precios para mantener esa calidad y los cocineros vieron las ganancias que daban sus recetas. Ganaban por todas partes: el restaurante, la comida a domicilio, las recetas, los programas de la tele... Y también ganaban los fabricantes de microondas, los moteros y hasta los fabricantes de palomitas.

Viendo lo fácil que era vender cualquier plato, comenzaron a fabricar comida basura. Era más barato repetir el mismo plato, sin pagar buenos artesanos que idearan nuevas recetas, repitiendo las mismas recetas fáciles de digerir y de gran impacto, cada día el plato era más grande y jugoso. Cada nuevo plato era más espectacular que el anterior, pero de peor calidad. Cada día era más difícil entenderse, nadie podía fiarse de la crítica, ni de los cocineros más famosos. TODOS comenzaros a vender comida basura.

Y viendo que todos ganaban millones, alguien inventó los ultracongelados. Se podía coger la comida de los bufés libres y congelarla para comértela en secreto en casa. Había profesionales capaces de llenar cientos de tupperwares y luego revenderlos. Incluso había gente de buen corazón que congelaba sus sobras y las regalaba.

Comenzaron a cerrar restaurantes y muchos cocineros se arruinaron. ¿Cómo era posible?

Como a nadie le importaba la calidad el publico había cambiado muchísimo.

Los clientes jóvenes no habían comido nunca en un buen restaurante ni probado nunca la buena cocina. Todo les sabía igual y les daba igual comer en casa que fuera.
Los mayores no iban a pagar un dineral por ir a un restaurante donde la gente estaba gritando y no podían disfrutar de su comida prefiriendo comer la misma basura tranquilamente en su comedor.
Los más aficionados a probar cosas nuevas ya no se arriesgaban a probar el nuevo plato de aquellos famosos cocineros que seguían haciendo chorizos y termiban comiendo de microondas.
Y nadie hacía caso del trabajo de críticos y programas de cocina.

Poco a poco, fueron cerrando restaurantes, arruinándose cocineros, desapareciendo las cadenas de comida rápida y todo el mundo se llevaba las manos a la cabeza preguntándose qué había pasado con aquel maravilloso arte que los alimentaba. Los mejores cocieros volvieron a los fogones clásicos y cocinar delante del público, algunos sobrevivieron haciendo cocina de autor en pequeños restaurantes que seguían abiertos. Otros buenos cocineros se dedicaron a hacer buenas galletitas pequeñas para comer entrehoras y el resto vivió como pudo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ryan creo que era Harrison Ford, no el cosme

loft